Toma de hábito en el monasterio del Espíritu Santo

La habilidad y destreza con las que el señor Moysset había conducido el negocio de la aprobación pontificia de la Orden de Nuestra Señora le hizo merecedor, a juicio del cardenal de Sourdis, de ser nombrado procurador del nuevo instituto religioso.
Por un decreto, fechado el 29 de enero de 1608, el mismo día en el que fue firmada el acta de la agregación a la Orden de San Benito, concedía el arzobispo al señor Moysset, amplísimas facultades para comprar, estipular contratos, etc. en todo lo concerniente al establecimiento y fundación de la Casa de Nuestra Señora. Tres días después anotaba el señor Moysset, en su Libro de Cuentas, providencialmente conservado hasta nuestros días, el primer donativo anónimo, por valor de 62 libras y dos sueldos. Los recibos de las pensiones de las postulantes, las limosnas, gastos de arreglos de la capilla y del convento, etc. fueron cuidadosamente anotados por el señor Moysset, lo que permite hoy día seguir paso a paso la fundación de la primera Casa de la Orden. A la vez nos permite admirarnos de la diligencia y acierto con la que obraron tanto la fundadora como su procurador.
El 7 de febrero de dicho año de 1608, Juana de Lestonnac firmó su contrato de entrada en religión, llevando de dote cuatro mil libras tornesas, además del usufructo de todos y cada uno de sus bienes de los que gozaba al presente y debía gozar durante toda su vida, reservándose, sin embargo, el poder de disponer de todos ellos, muebles e inmuebles, antes de su profesión solemne en la forma que creyere más conveniente. En ese mismo día, deduciéndolo de su dote, adelantó al señor Moysset la suma de 1800 libras tornesas, comprometiéndose a pagar el resto en la próxima fiesta de la Anunciación.
Al día siguiente, 8 de febrero, el señor Moysset compraba a Etienne d’Arche, abogado de la Corte y doctor regente de la universidad de Burdeos, una casa con jardín contiguo en su parte posterior, por valor de esas mil ochocientas libras tornesas, que la baronesa le había entregado el día anterior, y cuatro días después se efectuaba el traslado de los muebles de la dama de Landirás a esta casa llamada a ser cuna de la Orden de Nuestra Señora.
El lugar no era realmente muy apropiado. En un extremo de la ciudad, por la puerta de San Germán, y demasiado cerca del castillo Trompeta. Su vecindario no era muy conveniente ni para el recogimiento de las religiosas ni para la seguridad de las alumnas. Además era húmedo y malsano y, estando muy lejos del centro de la población, era de temer que un gran número de padres desistieran de enviar a sus hijas a la escuela.

Maqueta del castillo Trompeta, levantado por el rey Carlos VII para la defensa del estuario del Garona, en Burdeos.
Fuente: Wikipedia

No escapaban, sin duda alguna, estos inconvenientes a la fundadora. Como más adelante se comprobó, no tardará mucho tiempo en poner remedio a esta situación; pero dando muestra de una sagacidad que asombra, intuyó certeramente que lo que por el momento urgía era afianzar la fundación, no despertando recelos en el prelado, quien seguía entusiasmado en llevar adelante la fundación de una comunidad de ursulinas.
Por otra parte, el edificio, aunque sumamente reducido, estaba contiguo a una capilla conocida bajo el título de priorato del Espíritu Santo, la cual desde hacía largo tiempo estaba abandonada, circunstancia de la que supo aprovecharse la fundadora para lograr su cesión, consiguiendo así cuanto necesitaba para dar comienzo a la vida religiosa con aquellas que quisieran seguirla. Tiempo habrá, como así fue, para un traslado a un lugar más conveniente.

Localización del priorato del Espíritu Santo en un mapa de Burdeos en 1550.
Fuente: Wikipedia

Mientras la fundadora trabajaba en adaptar el inmueble a las necesidades de una comunidad religiosa, el señor. Moysset no permanecía inactivo: el día 12 de aquel mes de febrero de 1608 solicitaba del cardenal la cesión del priorato del Espíritu Santo, una petición a la que terminó por ceder el prelado, salvo las rentas vinculadas al mismo, las cuales siguieron beneficiando al seminario, “como lo habían estado hasta ahora”. A tenor del decreto de cesión, con fecha 2 de abril, el señor Moysset tomaba oficialmente posesión de dicha capilla, en nombre de las religiosas de Nuestra Señora, considerándose con esta toma de posesión preparado ya el convento para recibir a las postulantes.
La fundadora juzgó haber llegado el momento de recibir a las jóvenes que con ella se habían comprometido en la fundación. La primera en firmar su contrato de entrada, con fecha 19 de abril, fue la joven Isabel de Maisonneuve, hija de un prestigioso abogado del Parlamento. Llevó de dote 300 libras tornesas y 50 libras de pensión anual para su sostenimiento, “durante todo el tiempo que more en el monasterio”. No será ella, sin embargo, la que goce del título de primera religiosa de la Orden, después de la madre Lestonnac. Este honor quedó reservado a la madre Serena Coqueau, quien desde sus 17 años estaba comprometida con la baronesa en la fundación. Unos días después, dos nuevas postulantes, Magdalena de Landrevie y Margarita de Poyferré llamaron a las puertas de la Casa de Nuestra Señora.
En el antiguo priorato del Espíritu Santo, se reunieron la fundadora y sus cuatro primeras asociadas, dispuestas a llevar adelante la obra proyectada. Su número era reducido pero suficiente para dar comienzo a una vida regular. Así lo juzgó la fundadora quien, después de oír el parecer unánime del padre Bordes y de Moysset, no creyó conveniente prolongar por más tiempo el postulantado, tanto más cuanto su consagración definitiva a Dios, ardiente deseo de todas ellas, debía ir precedido de dos años de noviciado, según venía prescrito en el breve de fundación.
El buen párroco de Santa Colombe, el señor Moysset, fue el encargado de comunicar al prelado este parecer de la fundadora y lograr su aprobación, ofreciéndose al arzobispo presidir la ceremonia, a fin de darle el mayor esplendor posible. Unos días antes, reunido un gran número de fieles en la iglesia catedral, leyó el cardenal, desde el pulpito, el breve de fundación e hizo del mismo un entusiasta comentario, acallando las críticas y vacilaciones de más de una familia.
Llegado el día, 1 de mayo, una gran multitud se agolpó en torno al priorato del Espíritu Santo, llevados de un sentimiento de admiración y respeto. La capilla, durante tantos años abandonada y ultrajada durante las guerras de religión, aparecía ahora bellamente engalanada, gracias a la generosidad y celo de la fundadora, quien no ahorró medios para realzar el acto.
Se arregló la vidriera en la que está la cruz del Espíritu Santo (cruz de plata con seis brazos redondeados, en forma de pómulos, con un medallón de plata en el centro que luce la imagen de la paloma). Se habla también de una pequeña vidriera donde se ve a santa Catalina y del coro bajo donde se encuentra el cuadro de Nuestra Señora.
Una bella escultura de la santísima Virgen presidía en el altar mayor. “Lo quiso ella así para reparar los insultos, y sacrilegios que recibía entonces de tantos bordeleses pasados a la herejía y para dar a conocer públicamente bajo qué estandarte ella y su Compañía debían combatir”.

La Virgen de la Cuna, con el Niño Jesús en brazos que muestra un racimo de uvas, es una de las primeras imágenes que veneraron las religiosas de Nuestra Señora, en Burdeos.
Fuente: Archivo ONS Talavera

El padre Raymond, el compañero de apostolado del padre Bordes, tuvo a su cargo el sermón, ensalzando con gran entusiasmo la triple consagración que se estaba celebrando en aquel acto: la del templo material profanado, cuyo culto venía nuevamente establecido; la de aquellas cinco novicias y la de la nueva Orden que nacía en la Iglesia, “templo eterno que había de servir de escuela y asilo de todas las virtudes cristianas a través de los siglos”.
Terminado el sermón siguió la misa pontifical cantada por el coro de la catedral, teniendo después lugar la ceremonia de la toma de hábito, según el rito del pontifical romano para la consagración de vírgenes. Quiso el cardenal, en un gesto de delicadeza para con la fundadora, que ésta llevase ya el velo negro para testimoniar con ello que por sus virtudes merecía ser profesa y también para que llevase la primera el hábito completo de las Hijas de Nuestra Señora. Nombrada superiora en aquel mismo día, pronto la veremos desplegar su celo con una diligencia increíble. Contaba la fundadora, a la sazón, cincuenta y dos años de edad.

Toma de hábito de santa Juana y sus cuatro primeras compañeras.
Fuente: https://stjoana.blogspot.com/

Al día siguiente de la ceremonia, el señor Moysset, en su nombre, elevaba una súplica al alcalde y jurado de la ciudad para que se dignasen conceder al monasterio dos terrenos baldíos, usados como basureros y colindantes con el jardín de la casa, a fin de asegurar la observancia de la clausura y dar amplitud conveniente a las necesidades de la comunidad. La concesión se hizo esperar varios meses. Alcalde y jurado se trasladaron repetidamente a dichos lugares y después de comprobar las necesidades presentadas dieron por fin su consentimiento con la sola condición que fuese colocada, en un ángulo de los lugares susodichos, una imagen de Nuestra Señora con las armas de la ciudad.
No menor fue su diligencia en asegurar a la comunidad la dirección de los padres jesuitas. No ignoraba las dificultades que ofrecía el conseguir esta dirección no solamente por la resistencia de la Compañía de Jesús de hacerse cargo de la dirección espiritual de las comunidades femeninas, sino también por las prevenciones que el prelado tenía para con la Compañía de Jesús a causa de sus libertades y exenciones. Para evitar estos inconvenientes la madre Lestonnac se dirigió personalmente al prelado solicitándole su intervención ante el padre provincial, quien no solamente accedió a la demanda del prelado sino que designó para este fin al padre Bordes, con gran satisfacción de la comunidad ya que ningún otro podría cumplir mejor esta labor.

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