Juan Álvarez Mendizábal, el presidente del Consejo de Ministros de la regente María Cristina de Borbón, fue el promotor de la exclaustración y desamortización de las órdenes religiosas del clero regular en 1836. Esta terrible medida obligó a unos veinticinco mil religiosos a abandonar cerca de dos mil conventos y monasterios en toda España.
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Los edificios y propiedades pasaron a ser considerados bienes nacionales del Estado, que los vendió en pública subasta con el supuesto fin de recaudar fondos para sufragar los gastos militares de la guerra carlista y reducir la deuda pública. La funesta medida sirvió para consolidar el régimen liberal y crear una nueva clase burguesa de propietarios fieles a la reina Isabel II.
Esta desamortización provocó un impacto irreversible en el patrimonio histórico, urbanístico y social del país y, por supuesto, de Talavera de la Reina. Con esta expropiación, la ciudad vio cómo sus conventos de varones desaparecían, se fragmentaban y/o cambiaban radicalmente de uso. Como consecuencia, se perdía un valiosísimo patrimonio artístico y cultural y se privaba a la población local de los servicios que los frailes prestaban.
El proceso evidentemente también transformó por completo el callejero y la fisonomía talaverana, dejando secuelas que marcaron el devenir de varios de sus monumentos más significativos. Por ejemplo, el convento de la Trinidad, de gran valor histórico, fue transformado en un almacén de harina y, tras décadas de abandono y sucesivos deterioros, terminó siendo derribado casi en su totalidad en 1966. El de los franciscanos descalzos fue fragmentado, sirviendo como patio de vecindad, alfar de cerámica, barrería, teatro y finalmente complejo de cines.
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En el caso de los dominicos, las instalaciones del antiguo convento fueron también puestas en venta en pública subasta, además de los abundantes bienes que habían ido recibiendo a lo largo de sus tres siglos de existencia en Talavera. Los dominicos tenían muchas casas y tierras en la ciudad y en los pueblos de su comarca, como en Pueblanueva, San Bartolomé de las Abiertas, Lucillos o La Estrella. Algunas propiedades eran tan grandes que se dividieron en lotes para facilitar su venta.
En el caso del edificio del convento, hubo dificultades para venderlo, quizá por su alto precio. En septiembre de 1843, los tasadores fueron a inspeccionar su estado y advirtieron que se estaba hundiendo, particularmente la cubierta de la iglesia. Aun así, todavía estaba valorado en 954.022 reales y una segunda estimación ascendía a 988.000 reales. En octubre de ese año el intendente provincial se quejó al alcalde de Talavera por no haberse vendido aún el convento. Al año siguiente, en 1844, los tasadores Pedro López Pintor y Pedro Martín proponían incluso un precio mayor: 984.360 reales. Poco tiempo después, en 1848, el precio ya se había reducido a menos de la mitad: 400.000 reales.
Finalmente el convento fue adquirido por el terrateniente de raíces riojanas Rafael Villarejo y de Hervías, que también compró más propiedades de los dominicos y de otros religiosos. Entre ellas, un olivar y un molino aceitero que fue de las benitas, un pedazo de tierra de las agustinas, una viña de la concepción francisca y un olivar de la Colegial.
No sabemos el año exacto en que adquirió el inmueble ni en qué estado lo encontró o qué obras hizo. Solo sabemos por el historiador Ildefonso Fernández que en la iglesia decidió tabicar la capilla de la Santa Cruz, que se encontraba en lo que actualmente es la subida a la tribuna de las niñas. Su objetivo era evitar que fuera profanado el sepulcro del cardenal García de Loaysa, que se encontraba en esta capilla después de la francesada. Y que alquiló el antiguo convento de dominicos al ceramista Agustín Niveiro Paje.
Como cuenta Septimio Andrés en el blog dedicado a su abuelo, el doctor Henche (https://doctorhenche.blogspot.com/), la familia Niveiro fue una de las grandes protagonistas de la cerámica en Talavera de la Reina desde mediados del siglo XIX hasta bien entrado el siglo XX. Sus piezas contribuyeron a consolidar una identidad cerámica propia en la ciudad.
Entre los hermanos Niveiro Paje destacaron especialmente Agustín y Juan como ceramistas. Este último alcanzó mayor notoriedad gracias a su alfar de El Carmen, mientras que la trayectoria de Agustín quedó, con el tiempo, en un discreto segundo plano. En realidad, cada uno de ellos se especializó en un tipo diferente de cerámica: Agustín se dedicó en exclusiva a la fabricación de tinajas, mientras que la línea de Juan se orientaría hacia una cerámica más artística. Los dos hermanos, sin embargo, compartieron la misma marca para sus obras: el escudo carmelita.
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La fábrica establecida por Agustín en el antiguo convento de los dominicos contaba con varios hornos. Uno de ellos estaba colocado en la parte exterior del muro de la iglesia, pero otro debió de estar ¡dentro del templo! Así lo atestiguan las marcas del humo y de los golpes que se pueden todavía observar en las paredes.
Fuente: Archivo ONS Talavera
Fuente: Archivo ONS Talavera
Fuente: Archivo ONS Talavera
Las tinajas que fabricaba Agustín Niveiro destacaban por su gran volumen, hasta el punto de convertirse en auténticas piezas llamativas dentro y fuera de Talavera de la Reina. Además, contaba con el monopolio de la fabricación, pues en 1881 figuraba como único fabricante de tinajas en Talavera.
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Agustín Niveiro trató se asegurar la continuidad de su fábrica de tinajas formando a su nieto, Julián Martín Niveiro, hijo de una de sus hijas. En él depositó el conocimiento del oficio y la esperanza de mantener viva la tradición familiar. Tras el fallecimiento de Agustín en enero de 1888, la fábrica pasó a denominarse Viuda de Niveiro e Hijos y sería el propio Julián quien asumiría su dirección.
Sin embargo, pronto tuvo que cambiar su emplazamiento, pues el 8 de julio de 1894 Tomás Villarejo, hijo del anterior propietario, vendió el antiguo convento de Santo Domingo a Elena de la Quintana, que lo convirtió en el colegio de la Compañía de María.
Julián Martín continúo el negocio hasta 1911 en otro local, probablemente en la calle Salmerón o en el alfar El Carmen de sus primos. Pero el recuerdo de que el inmueble fue fábrica de tinajas no se olvidó y curiosamente, en los años 80 del siglo XX, regalaron al colegio dos grandes tinajas en las que se puede leer: Julián Martín Niveiro 1900, exactamente el mismo año en que se abrió el colegio.
Fuente: Archivo ONS Talavera



