Entre los documentos del notario de Toulouse llamado Lafargue se conserva una minuta fechada el 1 de diciembre de 1603 con la firma de Juana de Lestonnac, citada no como novicia sino como dama de la baronía de Landirás, por lo que podemos suponer que en esa fecha Juana ya estaba de nuevo en casa de los suyos.
Su salida del convento de la fuldenses provocó diferentes reacciones. Por un lado, suscitó interpretaciones desfavorables y habladurías poco caritativas entre la burguesía de Burdeos, pues se le llegó a apodar “la monja de Tolosa”. Por otro lado, el gozo de su familia y de los que la apreciaban, al verla además con la salud restablecida.
Pasadas las primeras semanas en Burdeos, se desplazó Juana al castillo de Landirás, donde residía su hijo, el barón de Montferrant. Con él trató sobre el porvenir de su hija Juana, que estuvo bajo la tutela del hermano mayor hasta su boda en 1608 con el barón de Arpaillán.

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Después eligió ella para vivir su modesto castillo de La Motte Darriet (o también La Mothe de Luzié, actualmente perteneciente a la población de Saint Morillon), dentro de las dependencias de Landirás, a unos cinco kilómetros del castillo de su hijo y unos treinta al suroeste de Burdeos. Buscaba en el recogimiento y en la oración que Dios la iluminara, pero pasaba el tiempo y el cielo parecía callado para Juana. Con preocupación e incertidumbre veía correr un tiempo que, a sus 49 años, tenía un valor incalculable. Sabía que unos años más y ya no tendría la plenitud de fuerza y de madurez para emprender la obra que Dios le había hecho entrever en su última noche en el claustro. Pero este tiempo en apariencia estéril no fue así. Es más: el papa Pío XII comparó este periodo en La Motte con la experiencia que tuvo san Ignacio en la cueva de Manresa, donde gestó a la luz de Dios los Ejercicios Espirituales y la Compañía de Jesús.

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En la primavera de 1605 Juana de Lestonnac tomó dos iniciativas que la conducirán a la meta. Por un lado, un viaje por la región del Perigord, la tierra natal de los Montaigne, para concertar el matrimonio de Juanita, y, por otra, el regreso a Burdeos. Sabía que tenía que buscar las compañeras, que se asociasen con ella, para el ministerio de educar e instruir a la juventud femenina y el castillo de La Motte era un lugar solitario y falto de elementos para lo que ella necesitaba.

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En su viaje por el Perigord ya vio el germen de la vocación en algunas de las que serían sus futuras compañeras. A su paso por el castillo de los señores de Puyferrat, su entusiasmo para la misión a la que se sentía llamada por Dios y su fe ardiente y generosa sembraron la semilla de la vocación religiosa en las dos hijas, Susana y Francisca, quienes más tarde vendrán a formar parte de la Orden de Nuestra Señora.
Otra conquista fue la de la joven Susana de Briançon. Hija de padre católico y de madre calvinista había sido educada en la herejía, cuyos principios defendía con una tenacidad inquebrantable. Inútilmente habían intentado su padre y su segunda esposa, de religión católica, su conversión. Con todo el ardor de sus veinte años, acrecentado por el recuerdo de su madre muerta, Susana se adhería cada vez más a la religión hugonota. La señora de Lestonnac, al verla, recordó su propia juventud y revivió su personal experiencia. Sembró en Susana la semilla de la conversión que, aunque tardó en fructificar, daría a la Orden de Nuestra Señora uno de sus pilares más firmes.