Santa Juana de Lestonnac tuvo siempre presente el fin apostólico de la Orden de Nuestra Señora. Así pues, acabado el primer año de noviciado el 1 de mayo de 1609, creyó conveniente abrir las aulas e iniciar a sus primeras cuatro asociadas en la labor docente que estaban llamadas a desempeñar. Aunque no se conoce ningún testimonio explícito que fije la fecha de apertura, varias razones inclinan a fijarla en este año de 1609.
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La madre Lestonnac, valiéndose de su influencia en la Corte, consiguió que el rey Enrique IV aprobara su instituto. A su petición acompañó el breve de fundación, haciendo notar su carácter colegial. Conseguida esta aprobación del rey por letras patentes del mes de marzo de 1609, fueron registradas en el parlamento de Burdeos el 28 de agosto de ese mismo año.
La escuela de la Orden de Nuestra Señora pronto despobló las de Calvino, según lo informa la Historia de la Orden: “La afluencia de discípulas fue tan grande al principio que se vieron obligadas a multiplicar las clases y a establecer diversos grados de instrucción según la edad y aficiones de cada una. Pero a todas se les explicaba el catecismo y se les daba lecciones sobre las virtudes cristianas… Se empleaba así mismo el canto y la poesía, para facilitarles el aprendizaje, pues eran estos y no otros los medios de los que se habían valido los herejes. La madre Lestonnac orientó todas sus cualidades para bien de la Iglesia y, oponiendo su nuevo colegio a todas las escuelas de iniquidad enseñando gratuitamente, pronto las dejó desiertas y no se hablaba sino de enviar a las jóvenes a la Casa de Nuestra Señora en el Espíritu Santo”.
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Pronto surgió un nuevo inconveniente. Los dos años allí transcurridos en el antiguo priorato del Espíritu Santo fueron suficientes para poner en evidencia mayores dificultades que las previstas al principio de la fundación. En aquella parte de la ciudad de Burdeos había mucha humedad. A esto se añadía que todas las tardes sonaba en lo alto de las torres del castillo cercano el cuerno para anunciar el cierre de las puertas de la muralla. También la noche era agitada, por los malhechores que rondaban un barrio tan lejano del centro de la ciudad. Así se explica la decisión de la madre Lestonnac de trasladarse al centro de Burdeos, a la calle del Hâ, donde había encontrado una propiedad que le pareció adecuada para sus fines.
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Aunque habían actuado muy discretamente el vendedor y la compradora, la noticia trascendió y se desataron las críticas. Los vecinos de la casa que deseaba adquirir protestaron contra la santa como si se tratase de lanzarlos a la calle. Nuevamente Juana de Lestonnac se veía convertida en objeto de las censuras de la ciudad, pues interpretaban aquella decisión como una prueba más de lo desmedido de sus ambiciones.
A esto se añadió la oposición abierta de los miembros de su familia. En efecto, su hermano Guy, consejero del Parlamento, se hizo portavoz de las críticas más amargas de la sociedad bordelesa: “(le preguntaba) con qué fin ella quería poner a toda la ciudad en su contra; que él estaba obligado a oponerse a sus propósitos, más aún cuando perteneciendo él al cuerpo del parlamento, se le podría imputar que estaba de acuerdo con ella; que ella debía contentarse con haber dado suficientes ocasiones de murmuración, primero con su entrada en las fuldenses; segundo con su salida tan vergonzosa como poco razonable había sido su entrada; tercero haber tenido la idea de fundar una Orden; que se contentase con admitir a las jóvenes que podía razonable y cómodamente alojar; que ella no estaba obligada a abrir la puerta de su casa a todas las que se presentasen; en fin, que pasase en paz y con honor el poco tiempo de vida que le quedaba”.
Todas aquellas censuras no bastaron para doblegar un carácter como el suyo. Juana de Lestonnac no conocía el retroceso una vez que se había convencido estar en ello interesada la gloria de Dios y de Nuestra Señora. Dios bendecía visiblemente su obra y para ella era un deber sagrado abrirle cauce aún a costa del sacrificio de sus más caros afectos. Nuevas vocaciones llamaban a las puertas del monasterio decididas a entregarse a Dios en ese nuevo campo apostólico que reclamaba la Iglesia, pero la casa del Espíritu Santo era demasiado pequeña.
Fotografía: Archivo ONS Talavera
Informado el cardenal de Sourdis de los deseos de la fundadora, el 19 de junio de l610, escribió a su vicario general, Le Vernier, autorizando el traslado. Este, sin embargo, no tuvo lugar hasta el 7 de septiembre, víspera de la celebración de la Natividad de Nuestra Señora. En este día, según da fe el acta oficial de dicho traslado, el vicario general, ante la presencia del señor Moysset y del comerciante de la ciudad, Pedro Valencier, llamados como testigos, celebró la misa, dando la comunión a todas las religiosas. Con este acto la comunidad de Hijas de Nuestra Señora, quedó instalada oficialmente en su nuevo monasterio de la calle del Hâ. En esta casa, murió santa Juana de Lestonnac el jueves 2 de febrero de 1640.
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En el nuevo edificio había tres salas para las clases, dos patios y habitaciones para las religiosas y para las pensionistas, porque vieron la necesitad de admitir alumnas internas. La iglesia fue construida a partir de 1616, gracias a un donativo de Pierre de Lancre, abogado y después consejero del parlamento de Burdeos. La colocación de la primera piedra fue el 23 de marzo de 1625 y se consagró la iglesia el 21 de marzo de 1627. La iglesia separaba el cuerpo de edificio destinado a convento del otro destinado a escuela, de acuerdo con el primitivo proyecto de santa Juana.
Fotografía: Google Maps



