El sepulcro del Cardenal García de Loaysa (I)

Para valorar la obra escultórica que fue (y es) el sepulcro del cardenal García de Loaysa, primero tenemos que recordar algunas notas biográficas del cardenal.
Fray García de Loaysa y Mendoza nació en Talavera de la Reina hacia 1478. Tomó el hábito de los religiosos dominicos en el convento de San Esteban de Salamanca, profesando en el convento de Peñafiel (Valladolid). Fue sucesivamente maestro de Filosofía y de Teología, regente de estudios, rector del convento de San Gregorio de Valladolid y prior de los conventos de Ávila y Valladolid. Tuvo el cargo de definidor general de la provincia de Castilla y maestro general de la Orden de 1518 a 1523. El emperador Carlos V le tomó como su confesor y fue miembro de la junta convocada para tratar de la expulsión de los moriscos, oponiéndose a dicha expulsión. El emperador le propuso para el obispado de Osma en 1524 y en 1532 para el de Sigüenza. Entre ambos acontecimientos, en 1530, asistió a la coronación de Carlos V como emperador en Bolonia. De la diócesis de Sigüenza pasó a la arzobispal de Sevilla en 1539. Dos años después fue nombrado comisario general de Cruzada, en 1541 presidente del Consejo de Indias y en 1545 inquisidor general. Como inquisidor intentó que la Inquisición fuera para asuntos eclesiásticos, como lo fue en su origen, y no algo político-religioso. Fray García de Loaysa murió el 21 de abril de 1546, resaltando en él las virtudes de prudencia y moderación.

Firma del cardenal Loaysa.
Fuente: Archivo ONS Talavera

La cartela que hay a sus pies lleva una inscripción en latín como un resumen de su vida y obra, que podemos traducir así: Aquí yace el ilustrísimo García de Loaysa, arzobispo de Sevilla, cardenal, presidente del Supremo Consejo de la Inquisición y del Consejo de Indias y comisario general de España. Murió en el año del Señor 1546.

Cartela a los pies del sepulcro del cardenal Loaysa donde se recogen las dignidades que ocupó.
Fuente: Archivo ONS Talavera

En su época, con frecuencia, los cardenales preparaban su mausoleo en la iglesia de Roma de la que eran titular, lo que supuso a la larga la falta de espacio para grandes sepulcros. Por este motivo algunos purpurados preferían preparar su enterramiento en su lugar de origen. Esta fue una de las razones que animaron al ánimo del cardenal Loaysa a erigir el monasterio dominico de Talavera de la Reina, ya que pretendía que fuera también el panteón familiar.
Del monumento original de fray García de Loaysa, esculpido en jaspe y alabastro, actualmente tan solo se conserva la estatua yacente de alabastro en estado de deterioro, ubicada junto al muro de la epístola en un lecho de mármol. Este lecho de mármol fue añadido en la restauración de 1992. Por ello son importantes, para reconstruir su estado original, los testimonios recogidos en los documentos históricos.

Sepulcro del cardenal Loaysa actualmente.
Fuente: Archivo ONS Talavera

Fray Andrés de Torrejón prior y cronista del monasterio jerónimo de Santa Catalina recoge en su Historia de Talavera de la Reina (1596) la descripción más antigua del monumento original al explicar que “cuando murió el cardenal le enterraron en medio de la capilla mayor y encima su bulto de alabastro y en la frente del sepulcro que mira al altar mayor esta una tabla del mismo jaspe y en ellas están escritas estas palabras (…)”. Por tanto, el lugar original de la sepultura era el centro de la nave, en el presbiterio, lugar de enterramiento más privilegiado en el recinto arquitectónico, al que el cardenal tiene derecho como fundador. Esta ubicación, sin embargo, rompe la focalidad única de la nave y obstaculiza el culto y la celebración litúrgica, por eso es frecuente el traslado posterior de los monumentos exentos desde su ubicación original a un lado de la nave, como sucedió con la escultura del cardenal.
También nos informa Torrejón de la orientación del sepulcro hacia el altar mayor, es decir, hacia el este, al igual que la iglesia. Como ya se dijo, esperaba así el difunto la resurrección de los muertos, mirando hacia el mismo lugar en el que Cristo resucitó.
Cosme Gómez Tejada de los Reyes en el siglo XVII afirma que «está el cardenal en medio de la capilla mayor, y encima pusieron un sepulcro de jaspe y encima su busto de alabastro, majestuoso y verdaderamente señor».
Un manuscrito anónimo de la segunda mitad del siglo XVIII conservado en la Biblioteca Nacional recoge que la escultura del cardenal se trasladó a un nicho abierto en el muro de la epístola, entre el sepulcro de su madre y el arco de acceso a la primera capilla. Este manuscrito, obra de un fraile dominico, lo describe del siguiente modo: “elevado como una vara del suelo, y encima del arca está él mismo echado a lo largo, de piedra de jaspe. Este sepulcro antes estaba en medio de la capilla mayor, con reja de hierro alrededor, y porque estorbaba, lo arrimaron a la pared”. Esta descripción nos aporta también la altura de la cama del sepulcro (una vara podía estar entre los 768 y 912 mm), así como la existencia de una reja de hierro que lo rodeaba.
También a mitad del siglo XVIII visitó el convento Antonio Ponz, que, en su Viage de España, nos cuenta que “volví los ojos a tres magníficos sepulcros de mármol, que hay en la capilla mayor. El principal es el que se ve al lado de la epístola y consiste en una urna delicadamente trabajada y sobre ella una estatua tendida, con hábito pontifical, y ejecutada diestramente”.
El historiador Ildefonso Fernández nos da nuevos datos sobre los avatares del sepulcro del cardenal: “Los manuscritos de aquella época refieren que el cadáver del cardenal fue depositado en riquísimo mausoleo de mármol blanco, en el centro de la capilla mayor de Santo Domingo; pero, después de la guerra de la Independencia, en que dicho sepulcro fue profanado, como otros muchos, por los soldados de Napoleón, los frailes dominicos trasladaron el cenotafio a la capilla de la Santa Cruz [hoy dedicada a la Virgen de Fátima]».

Y añade don Ildefonso: «Compró este convento, en la época de la desamortización, don Rafael Villarejo, vecino de Talavera, el cual mandó tabicar la capilla de Santa Cruz, para evitar que fuese profanado el sepulcro del fundador García de Loaysa, mudado a este sitio después de la guerra de la Independencia. Añádase que el tabique fue derribado una vez, en vida del mencionado don Rafael, para que el duque de Montpensier, a su paso por Talavera, pudiese contemplar el sepulcro del insigne cardenal talaverano». El duque de Montpensier era entonces Antonio María Felipe de Orleans, hijo del monarca francés Luis Felipe I y esposo de María Luisa Femanda, hermana de Isabel II.

Retrato Antonio de Orleans, duque de Montpensier (1851) por Federico Madrazo, que se conserva en el Palacio Real de Madrid. El duque visitó Talavera de la Reina y quiso contemplar el sepulcro del cardenal.
Fuente: Wikipedia

Sigue el historiador contándonos más detalles: «El autor de este libro obtuvo permiso de don Tomás Villarejo [hijo del comprador del edificio desamortizado, que luego se lo vendió a doña Elena de la Quintana] para una completa investigación, que se verificó un día del mes de julio de 1883 en presencia de ilustrado y numerosísimo público. Apeado el tabique por los albañiles, apareció el sepulcro, de ladrillo, sobre el cual descansaba la estatua yacente, de mármol blanco, del ilustre confesor de Carlos V, sumamente deteriorada por el calor de un horno de tinajas colocado en la parte exterior del muro de la iglesia. Abierto dicho sepulcro, resultó lleno de tierra que, detenidamente cribada, permitió recoger algunos pequeños huesos de Loaysa. Se volvió a levantar el tabique, y el sepulcro se halla completamente vacío; pero merece conservarse la estatua del fundador”. Por lo tanto, entonces ya tampoco se conservaba la cama sepulcral, pues señala que la escultura se hallaba sobre un sepulcro de ladrillo.

Dibujo realizado en 1867 por F. Portalés, que se conserva en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, en Madrid, donde puede verse situado junto a un nicho en la pared.
Fuente: https://www.academiacolecciones.com/

Durante la reforma del edificio costeada por doña Elena de la Quintana, esta rechazó la restauración del monumento, prefiriendo ocultarlo en un hueco de la pared del coro. En 1897 el gran coleccionista e historiador talaverano Luis Jiménez de la Llave pidió al Ayuntamiento de la ciudad le permitiera restaurar la estatua yacente y trasladarla a un mausoleo de figuras insignes de Talavera que se proyectaba en la iglesia de San Salvador. Con el beneplácito de la doña Elena y del Ayuntamiento el traslado se verificó y la escultura permaneció en la referida iglesia hasta 1992. En este año fue trasladada a la iglesia de nuestro colegio, donde hoy se ubica, y se encargó la talla del rostro a Raquel Pau. Ya había habido otros intentos de restaurarlo, pues Jiménez de la Llave quiso rehacerlo siguiendo el modelo del retrato del cardenal conservado en la catedral de Sevilla. No obstante, en la escultura se pueden apreciar aún las consecuencias del deterioro y los avatares históricos vividos.

Retrato del cardenal Loaysa que don Luis Jiménez de la Llave quiso tomar como modelo para la reconstrucción del rostro.
Fuente: Wikipedia

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